Acabamos de entrar en un terreno desconocido: un dron ha incendiado el perímetro de la primera central nuclear árabe
Durante la guerra entre Irán e Irak en 1982, un misil impactó accidentalmente cerca de la central nuclear iraní de Bushehr cuando todavía estaba en construcción. El incidente sembró tal inquietud internacional que durante décadas las instalaciones nucleares civiles de Oriente Medio quedaron rodeadas por una especie de tabú no escrito incluso en mitad de los conflictos más duros de la región.
Un dron y una frontera que nadie quería cruzar. Durante años, las monarquías del Golfo asumieron que sus grandes infraestructuras energéticas podían ser vulnerables a misiles o ataques sobre refinerías, puertos y oleoductos. Pero había una línea psicológica que parecía mantenerse intacta: las centrales nucleares. El incendio provocado por un dron en el perímetro de Barakah, la primera planta nuclearcomercial del mundo árabe, ha cambiado eso.
Por eso el ataque tiene una carga simbólica enorme incluso aunque los daños fueran limitados. Golpear el perímetro de Barakah significa demostrar que ninguna infraestructura estratégica está completamente fuera del alcance de la guerra de drones que ya domina Oriente Medio. También lanza otro mensaje inquietante: las instalaciones nucleares civiles empiezan a entrar dentro del mapa de riesgos de los conflictos regionales modernos.
La guerra del Golfo ya no gira solo alrededor del petróleo. Lo cierto es que la evolución del conflicto está alterando profundamente la lógica de seguridad de toda la región. Desde el inicio de la guerra, Irán ha lanzado miles de drones y misiles contra Emiratos y otros países del Golfo para aumentar el coste económico y político de la campaña liderada por Estados Unidos e Israel. Hasta ahora, gran parte de la preocupación se concentraba en Ormuz, las exportaciones energéticas y el tráfico marítimo.
Pero el incidente de Barakah amplía el problema hacia otra dimensión mucho más delicada. Un ataque contra una central nuclear, aunque sea periférico, obliga inmediatamente a activar alarmas internacionales, involucrar al Organismo Internacional de Energía Atómica y plantear escenarios que hasta hace poco parecían improbables en la región.
El verdadero problema. Lo más incómodo para Emiratos y sus aliados es que el ataque vuelve a demostrar una realidad que ya se ha visto en Ucrania, Rusia o el mar Rojo: incluso países extremadamente ricos y protegidos tienen enormes dificultades para detener drones relativamente simples y baratos.
Según Emiratos, tres aeronaves penetraron desde la frontera occidental y una de ellas logró alcanzar el generador eléctrico exterior de Barakah pese a las defensas existentes. La escena resume perfectamente el desequilibrio actual de la guerra moderna. Un pequeño dron puede obligar a activar protocolos nucleares, disparar tensiones diplomáticas y generar preocupación global con un coste ínfimo comparado con las gigantescas inversiones en defensa aérea de los estados del Golfo.
Una tregua cada vez más frágil. El ataque llega además en uno de los momentos más tensos desde el alto el fuego entre Irán y Estados Unidos. Donald Trump ha endurecido su discurso contra Teherán (hace unas horas incluso dijo estar a punto de atacar a Irán antes de detener la operación), Israel vuelve a especular abiertamente con una reanudación de la guerra y Emiratos se ha convertido en el país árabe más agresivo frente a Irán durante el conflicto.
Abu Dabi acusa directamente a Irán o a sus aliados regionales de haber cruzado una línea extremadamente peligrosa. El problema es que el incidente de Barakah demuestra hasta qué punto la región ha entrado en una fase donde la escalada puede producirse mediante ataques ambiguos, baratos y difíciles de atribuir con total claridad. Y eso hace que cada dron derribado (o cada dron que consigue pasar) tenga ahora el potencial de desencadenar una crisis muchísimo mayor.
Imagen Store N., Wikimedia
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